miércoles, mayo 10, 2017

Un hortera llamado René (Mis líos con María IV)

 
Hubo una época, de remembranza no demasiado grata, la verdad, en la que rondarte era una experiencia peligrosa. No, ni siquiera eso... rondarte ni se me pasaba por la cabeza. Así las cosas, la sensación que yo tenía al hacerlo era la de caminar por una fina y bamboleante pared de yeso, entre dos ardientes parcelas, odiosas las dos: el ridículo y la indiferencia.
Temía tanto que mi obsesión te resultase cómica, como no despertar emoción alguna en ti. Fue la época en que te liaste con René. Maldito René.
René era un ejemplar genuino de imbécil integral y tú a su lado, déjame que te lo diga, parecías...
...
...
... vulgar.




René iba en moto, y esa era la típica cosa (me refiero a ir en moto) que me parecía envidiable hasta que vi que René la practicaba. René era bastante mayor que tú y que yo,  pero -como casi todo el mundo- estaba en mucha mejor forma que yo y que tú. Eso no es difícil, teniendo en cuenta que yo dejé de estar en forma,más o menos, a los 16 años y tú... tú nunca has estado en forma. Has estado muy buena siempre, bien es cierto, pero no en forma. En buena forma. Afortunadamente, no te ha dado nunca por salir a correr a la calle o, lo que hubiera sido imperdonable, ir a un gimnasio o a bailes de salón, salsa o sevillanas. En eso siempre fuiste tan estricta como yo: es imperdonable cualquiera de esas cosas.
René sí. Iba al gimnasio. En esa época en que los gimnasios olían a pies. O sea, en cualquier época desde los años 80 hasta ahora. Antes de eso olían a linimento Sloan, que era el equivalente a la Rhum Quinina de las barberías de antes, las de pirulí, las de antes de los consultorios de belleza, antes de que el mundo se volviera idiota. René ha sido, podríamos decir, cntribuyente neto a la idiotez mundial, un importante activo de la ola de horterez y la oquedad craneal humana que se impone en nuestros días. René es culpable.
René tuvo la desgracia de tener lo que podemos llamar unos padres memos. Le bautizaron Renato, pero como nació el 14 de julio,día de la república francesa, su madre, Doris (Dorotea de nacimiento) que era imbécil, insistió a todo el mundo, ya desde el hospital, de que debían llamar René al bebé de aspecto desdichado y como alargado que dormitaba en un capacho a su lado. Triunfó el empeño francófono de la madre, en parte porque a la gente le daba igual llamar Renato o René a aquel pequeñajo cetrino, larguirucho e infeliz, y en parte porque en la Ventilla, antiguo pueblecito y luego barrio del norte de Madrid, donde todo el mundo debía tener un mote, hubo una especie de consenso espontáneo en que llamar René a aquello... en fin, era más cruel que el mote más despiadado que se les pudiera ocurrir.
Creció René con una pátina de atontolinamiento de la que fue liberándose como de la pelusilla del bigote de los adolescentes: a base de hacerlo crecer y convertirlo en idiotez fuertemente enraizada en su cuerpo y su alma. Fue un joven flacurris y pálido en los primeros 80, un chico a la moda, así que vestía como un afterpunk, hablaba con dulzura afectada y amaneradamente mal, y vivía como un posmoderno cualquiera, de la Vía Lactea al Sol, del Pentagrama a Escridiscos, de Donoso al Knight y terminaba sus findes a esondidas en el Globo, a escondidas porque era un sitio medio jipi y nada moderno, pero tenía la ventaja de estar cerquita de su casa.
Cuando la fiebre movimadrileña bajó unos grados, terminó de mala manera sus estudios (o sea, no los terminó) y empezó a trabajar en publicidad, era la época de ¿diseñas o trabajas? y él se puso a diseñar.
Cuando René llevaba un tiempo trabajando en publicidad, empezó a frecuentar los gimnasios, hacerse aficionado a la enología, leer novelas históricas, escuchar música de mierda, comer sano y tocarse los huevos mientras se quejaba de lo liado que estaba con sus muchos temas. El alfeñique, pues, fue dejando sitio a un señor normal, eso sí, aún con cara de besugo y un rictus de profunda estupidez que ya nunca abandonaría su rostro ahora saludable. Esto en cuanto a su aspecto, porque en lo que respecta a su intelecto, vaya, hay cosas que no tienen una solución fácil. Ni la tendrán.

René no era más merluzo que el común de los mortales, pero era merluzo... es merluzo, de hecho. Nada puede sorprenderme de los ataques a la decencia y el buen vivir de René, un hortera más previsible que las estaciones, pero, María, hija... ¿cómo fuiste capaz de liarte con semejante montón de mierda?

María conoció a René en una fiesta en la facultad de Derecho de la Autónoma de Madrid, y ambos, medio pedos de coca, se fueron al baño al ratito de magrearse un poco para ver si consumaban su recién comenzada amistad con un polvete rápido y deprimente en los repugnantes baños de Derecho. Eran repugnantes sin fiesta/botellón,así que podéis imaginar sin mucho esfuerzo cómo eran cuando 100 cabestros bebían y bebían y luego trataban de acertar sus erráticos pises en las tazas. Tenían una especie de película barrosa en toda la superficie del suelo, una humedad sucia y fría, y un aire absolutamente irrespirable. A René no se le levantó, pero su poca vergüenza le hizo gracia a María y así, lo que hubiera sido un polvo asquerosete, se convirtió en una divertida anécdota y el pistoletazo de salida a una relación absurda y desnivelada.

María llamaba Ronnie a René, porque le causaba rubor decir en voz alta semejante nombre para referirse al desdichado René, y decía que, además, se parecía a Ron Wood, el asalariado de los Stones. Aunque lo cierto es que había que tener muy buen corazón para dar por válido ese parecido: efectivamente tenía una prominente napia, con el tabique desviado, aspecto de tonto con suerte y te caía mal de primeras, pero ahí terminaban las semejanzas. Cuando estaban enrollados María y René, yo vivía con Vladimira, que no se llamaba así, pero es que no me acuerdo muy bien de su nombre, aunque la quería mucho, en serio. Era prima o amiga del alma, o hermana, de María,no me acuerdo, pero vamos, que me la presentó María y yo, que me fiaba de María mogollón, me hice noviete de Vladimira y ésta,antes de que me diera cuenta, estaba preparándome el desayuno en casa. Ahora que lo pienso, a lo mejor Vladimira era hermana de René. Nunca se me han dado bien los parentescos y eso.

Un día, Vladimira estaba fumándose un peta de té con costo (yes, she did) y decidió cambiar las cortinas del cuarto de estar. Como no tenía una escalera a mano, se subió a la estantería blanca para la tele de Muebles La Fábrica que había junto a la ventana. Era una estantería horrorosa, pero con ruedas, así que, bueno, os podéis imaginar. Hostiazo. Rotura de Orgullo y menisco a la virulé. Hala, al sofá, o a la silla de ruedas, con la mantita y la botella de agua caliente y a darme el coñazo con los yaquestás (... de pie, traeme una mirinda, hazme una tortilla o córtamelasuñas de los pies) y yo, pues venga, porque me daba mucho el coñazo, pero la quería tanto...
Pues en esas, vino a hacer la visitilla al enfermo María, con otra chica que me caía superbien, pero que no me acuerdo ni de su cara, y que no sé si era hermana de Vladimira, de María o del puto René, pero que tenía unos pechos (dos, para ser exactos) muy bien colocaditos, uno a cada lado, en la parte antero frontal del tórax. No trajeron al bobo de René, pero éste hacía de chófer, y las dejó en mi casa mientras se iba a jugar al pádel. Por el telefonillo me dijo que si iba con él. No le maté de milagro.
Así que suben María y Pechoslindos a mi casa, convertida, por mor de la invasión, en pabellón de reposo de Vladimira y yo les abro la puerta, las llevo en presencia de la doliente Vladimira, les pongo un café, y me disculpo y me voy a mi despacho a reunirme con mis asesores fiscales (1). Para estas reuniones, solía hojear, para documentarme, la vieja colección de Fotogramas de mi hermano mayor, porque habéis de saber que además de versar sobre el séptimo arte, traía siempre, in illo tempore, interesantes reportajes naturistas, o sea, tías en bolas, al estilo de Interviú. De Interviú también guardaba un único y viejo número,  mi ejemplar favorito, uno que me impactó profundamente en mi tierna adolescencia, el que tenía un lindo reportaje titulado "Bárbara Rey. Fruta prohibida".

Así que allí estaban Vladimira, con María y Pechoslindos en la terraza de mi casa fumando las cosas raras que preparaba Vladimira; yo y mis asesores fiscales en mi despacho y René, se supone, en la pista de padel cuando se desató la locura. Yo estaba, digamos, en pleno argumentario, ensoñando y disfrutando la fruta prohibida, cuando Pechoslindos entra en mi despacho corriendo, levantándose la falda y bajando con habilidad increíble sus bragas, porque estaba buscando el baño, según dijo ella misma y me caza con las manos en la cosa. Bueno, no daré muchos detalles, pero cuando entró María en el despacho, buscando a Pechoslindos, yo había cambiado la fruta prohibida, por los lindos pechos de Pechoslindos y ésta, sentada a horcajadas sobre mí, me hacía una demostración práctica de cómo era el baile que estudiaba en ese momento, bamboleeeeo, bamboleeeia y todo lo demás.
María, sin poder aguantar la risa, provocada por el peta, trae en su silla de ruedas a Vladimira  y yo estoy en una situación complicada.
Estoy encajado, por decirlo así en Pechoslindos que ha entrado en trance y sólo dice noooopares, siguesigue y yo tengo ganas de parar y no seguir, porque María y Vladimira no hacen más que regañarme por estar tirándome a Pechoslindos, pero ambas me regañan entre risas incontroladas por algo que se me escapa. En un momento dado, Vladimira dice:
- No has sabido leer nuestra relación
La estupidez hace que las risas de María cambien de bando y ahora no puede dejar de reír de lo boba que es Vladimira. Son demasiadas emociones y a mí se me viene abajo el asunto y ahora la que está enfadada conmigo es Pechoslindos que termina yéndose con Vladimira a maquinar contra mí mientras yo intento aprovechar la coyuntura para liarme con María que, dicho sea de paso, no opone demasiada resitencia.
Al rato, cuando estoy enseñándole a María unas suertes, aparece el hortera de René, a quien fueron a buscar Vladmira y Pechoslindos, sorprendentemente aliadas contra mí, recortando su figura por el quicio de la puerta. Se monta. Drama. Melodrama, incluso. René es bueno y de lágrima fácil para el teatrillo sentimentaloide y alterna gritos y silencios con sorprendente sapiencia y manejo de los tiempos. En un discurso imperdonablemente cursi, pero conmovedor, deja sobre la marcha a María y yo me froto las manos
- ¿Por qué?
- ¿Por qué qué?
- Que porqué te frotas las manos... si crees que como quedo disponible, me voy a ir contigo, estás loco
- Mujer... pero ¿cómo piensas eso de mí...? (es exactamente lo que estaba pensando) ¿Qué clase de tipejo crees que soy...?

 Como casi siempre, María sabía exactamente la clase de tipejo que soy, pero con María lo que ocurre es que aunque lo sabe, me lo perdona, increíblemente. Yo debería aprender de ella y no despreciar sus relaciones con gentucilla como René, pero no hay manera de que aprenda. En cuanto voy a aprenderlo, zas, se me pasa.

Pero lo curioso del caso es que, aunque me avergonzaba que me tuviera tan calado,nunca perdía la esperanza de que un día, pudiese hacerla mía del todo. Nada de acostarme con ella... sino que se enamorase de mí absolutamente. Como yo de ella. Que dejase de pensar que soy el peor error de su vida. Que,al menos, me considerara el error más divertido.

Con eso... y con que me dejes tocarte, me conformo, María.
¿Cuándo acabará este lío?



















(1) Hacerme una paja.

lunes, mayo 08, 2017

El vacío (blues)

Estoy vacío.
No estoy enfermo (no mucho), pero tampoco estoy sano; no estoy alegre, sino triste, muy triste, y esta tristeza es como una capa de lana vieja y pesada que no consigo quitarme de encima, como si la hubieran tejido conmigo dentro mientras dormía. Hecho este un tanto insólito, pues, dada mi gordura, la primorosa tejedora quese impuso esta tarea debió emplearse a fondo para tejer kilómetros en unas pocas horas.
Cuando venía en coche a trabajar, al tomar algunas curvas con más velocidad (siempre dentro de los límites legales, que cuando estoy triste soy muy cumplidor) sentía que mi alma venturera y azul rebotaba en mi corpachón redondo y agrandado, pero vacío, y quizá por ese accidentado viaje me siento un poco desalmado hoy.
He tratado de tener un par de ideas, pero cuando empezaban a tener forma, y cuerpo y grasa, empezaban a rebotar como la bola de un pinball en buena forma, gritaba para pedir ayuda, pero mi súplica es como el S.O.S de un montañero solitario en la última sima del mundo, como la prédica de un poeta verdadero en televisión: inútil.

He sabido que el vacío me causa amargura y esta mañana he pensado mal de casi todo el mundo pero, oh, sorpresa, no he acertado.

No. El vacío no es ausencia. Es una plúmbea presencia. No es que no tenga alegría. Es que tengo vacío. Estoy lleno de vacío y tan en así, que creo que este fin de semana, a pesar de mi régimen, he ganado peso. No me he atrevido a pesarme esta mañana, pero me sentía tan lleno de vacío, tan poco ágil, tan pesado, que he huido de la báscula como quien huye de un mal presagio.

Estoy vacío y sólo tú podrías ayudarme, pero no me atrevo a llamar a esa puerta. Siento ganas de derribarla a patadas. Porque estoy triste como un portugués, inflado de nada, como cualquier cerebro de hoy en día; estoy hambriento de sustancia para el alma. Ayuno de risas. Sin roce, sin piel, sin augurios, siquiera.

Estoy triste, estoy bluessy, estoy vacío.
Hoy estoy vacío.




Help!

martes, abril 04, 2017

El abrazo (Mis líos con María III)

Me estoy preparando un té porque, dios bendito, necesito templanza de ánimo, flema y algo de diuretismo natural para el episodio que voy a referir a continuación.
María tiene unas poderosas y preciosas pantorrillas y un carácter afable y bien sincronizado con su biolumen (como todo el mundo sabe, y por decirlo en pocas palabras, un compendio, una especie de mix de sus ciclos biorrítmicos, lunares y menstruales), además de unas ganas locas de amanecer. Ella siempre quiere amanecer. En eso, no ha cambiado nada, y sin embargo, en lo otro, en lo del biolumen, bueno, con eso está cada día más pesada, insistente, mejor, aunque me duela decirlo, porque a veces lee estas cosas y se enfada conmigo.


Cuando María atravesaba una buena racha, biolumínicamente hablando, solía ignorarme olímpicamente. Con olímpicamente me refiero a que lo importante es participar, ¿verdad? pues ella suele participar activamente en lo de ignorarme, se le da divinamente, como si se tratara, efectivamente, de una cita extraordinaria y cuatrienal, y lo da todo y le sale muy bien, y consigue medalla, como si hubiese entrenado, la muy cabronzuela. Me ignora fenomenal. Y yo, claro, preferiría que se le diera un poco peor ignorarme, como se me da a mí, más o menos, porque a veces, me enfado con ella y digo, ¿ah, sí...? pues ahora te voy a ignorar yo a ti... e, invariablemente, fracaso con  estrépito. Pongamos que empiezo mirándola así, como enfadao, pero acabo embobado en seguida y termino fantaseando con ella onírica  y onanísticamente. Todo eso en un lapso no superior  a 20 minutos. La verdad, podías gustarme un poco menos...

Es raro, porque como habéis leído, si es que habéis leído las anteriores entregas de Mis líos con María, la I y la II, habréis leído que, coño, se nos daba bastante bien coincidir y copular, tocarnos y todo eso, pero un día todo cambió. Fue el día de la creación de mi obsesión. Alguien dijo algo, como que vio algo que alguien le hizo a alguien y yo te pedía otra cosa y tú me dijiste que me dabas esa
cosa, pero no me la diste y yo me enfadé pero no dije nada y tú te enfadaste y sí dijiste cosas, no a mí, sino a todo el mundo, cosas de mí y todos me miraban raro, y tú ni me mirabas y un día, sin previo
aviso, bajaron tus pies del cielo, como una anunciación divina, y yo estaba respirando esperanzas y de repente, me vi solo besándolos como cuando Dios creó al hombre insuflándole la vida digitalmente, podríamos decir, mientras Buonarotti hacía de miranda y lo plasmó en el techo ese tan célebre, pero lo nuestro fue en tierra de gatos y yo pensaba que me amarías ya siempre, pero no, resulta que fue el peor error de tu vida, según tus propias palabras (crueles e innecesarias palabras) y así se creó mi obsesión y tú te ibas y te ibas y yo que daba rodeos y no me atrevía a seguirte, y me hacías la goma, como Perico Delgado en las etapas de montaña, ora me hablabas, sin demasiado entusiasmo (como si te diera pereza ignorarme) ora me odiabas, con empeño digno de mejor causa, y yo nunca supe a qué atenerme, si a tu desdén o a tu desgana, pero siempre estaba dispuesto a... ya sabes, rozarte el culo en un pasillo, arrimar la cebolleta o algo así, aunque debo reconocer que mi actitud cambió desde entonces: si siempre había sido proactivo, como dicen los cursis (y cada día hay más cursis), en el asunto de los tocamientos y los arrimes, y compartía la iniciativa contigo, a quien gustaba ese juego tanto como a mí, a partir de entonces, desde ese momento obsesivo, solo "estaba dispuesto", pero nunca hice nada. Esperaba que tú hicieras algo... esa forma que tienes (tenías, digo con añoranza melancólica) de darme un gracioso tetazo (tetacillo) mientras das los dos besos del saludo de rigor, por poner un ejemplo... y ahora no hacías nada de eso. Te estabas volviendo rara.
De pronto un día, llorabas.  Desconsolada y pelín alcohólicamente, llorabas. Estabas sola frente al mundo y nadie parecía entender tu punto de vista. Ni yo. Debo decir en tu descargo que si tú estabas pedo, los demás estábamos peor. Mirabas a un lado y a otro, buscándolo, pero sin pedir apoyo... más que apoyo, comprensión, reclamando el derecho a ser diferente, tan maravillosamente diferente a veces, tan, también a veces, irritantemente diferente. No fue a más. No hubo drama, ni pelea, solo un poco de desconsuelo, de soledad en compañía que no entiende. Como tantas otras veces, buscaste consuelo en los brazos de tu amiga, en los de tu pareja, y yo miraba -muerto de envidia, he de reconocer- a ver si me tocaba a mí un poquito de ese abrazo, pero nada... y de pronto,sin esperarlo, nos abrazamos.
Empezó como siempre.Yo te abrazaba y esperaba que que, al menos, no me rechazaras. Pero cuando estreché mi abrazo un poco más, encontré tu cálida respuesta. Cerraste tus brazos en torno a mi cuello y pegaste tu pecho al mío y dejaste que las lágrimas fluyeran. Yo te abracé refrenendo mis ansias y te besé a lo tonto en el cuello, bajo la orejilla, tratando de consolarte. Besos sin sexo, besos castos a mi pesar, que notaba tus pezones llamar a la puerta de mi corazón y tensar la cuerda de mi deseo.

Y en tu abrazo, perdido y encontrado el sentido de la vida, me acordé de un día que te pregunté que cómo me definirías como amigo, ¿como amigo?dijiste tú,  hmmmmm.... excelente. Y entonces yo te pregunté si era mejor cuando aún era celente, antes de convertirme en ex(celente) y tú me dijiste que si era idiota o qué y yo no supe qué decir, porque, mira, yo soy idiota, de hecho, pero no me gusta que lo descubra la gente. Prefiero llevar mi idiocia discretamente, como llevas tú el deseo que sientes por mí, no lo niegues, y que nadie se dé cuenta porque el día que me descubran, María, estoy perdido. Es como cuando sueño que estoy desnudo en la calle y nadie se da cuenta y yo estoy angustiado de que alguien lo advierta, y nadie dice ni mu y a mí se me caen los dientes, se me llena la boca de dientes rotos y pulverizados, y los escupo con más angustia que asco y es de estas cosas de las que debería hablarte y lo haré lo próxima vez que me hagas un análisis caligráfico, oh capitana, mi capitana, ahora que nuestro azaroso viaje ha terminado... vaya,
¿Ha terminado?
Creía yo, tonto de mí, que sí.
Mas tu abrazo,
¡oh, tu lastimado abrazo!
dulce y firme, sincero y librepensador,
me dijo entre líneas que quizá estabas dispuesta
a zarpar otra vez y hacerte al amor
y hacérmelo también a mí
en una singladura secreta y exclusiva,
en un mar de sueños improbables,
en un mar de asuntos varios esquiva.

Yo soy el hombre que navegando, sueña,
porque sólo vivo en mis sueños.
y tú eres la mujer soñada,
porque no podrías vivir ´
sin esa parte tan profunda de mi.

Ni tú ni yo somos sueños,
y ninguno somos dueños
del furor del desempeño
de los mitos que desdeño
y siendo así los dos reales,
tú y yo juntos, un sueño imposible,
sencillamente, hago visible
que no estamos entre los normales
que el amor es la mar de los sueños
y los sueños, un viaje salado

(nadie dice que sea fácil)
y todos están equivocados
Es solo echarte un vistazo, mi diosa,
y querer morir en tu abrazo.
En tu dulce y eterno abrazo.

Y podéis creerme o no hacerlo, pero María, ante semejante derroche de sensibilidad y talento, no se desnudó. No en seguida. Tuve que emborracharla a modo.
Y ni aun así.


miércoles, enero 11, 2017

Divorcio y licuación de cerebro de María (Mis líos con María II)

Ya estaba siendo, nívea paradoja, blanco de su desdén cuando me pidió, sin pedirlo, que la ayudara a cambiar los rodapiés de su casa. Mi habilidad para la obra civil es comparable a la que tengo para la obra de arte: ninguna, pero la posibilidad de ver a María en camiseta de andar por casa, unos vaqueros y calcetines gordos viejos... qué quieres, me pone. Lo he dicho mil veces, pero lo repito otra más: me gustas más en casa con babuchas, pantalón de chandalillo y camiseta que en la calle, pintada y arreglada, con tacones y todo lo demás. Soy así de raro. Prefiero mil veces que me hagas un té y me des una de tus rosquillas, antes que salir a cenar (de bailar ni hablamos) al sitio que está en boca de todos. Me gusta la forma en que tus pechos rellenan tu camiseta, sin el sujetador, aunque tú digas que las tienes caídas, y me gusta el carácter que las arrugas dan a tu rostro y, aunque te cueste creerlo, me gustas más ahora que hace veinte años.
Vale, pues me pide María que la ayude con los rodapiés, sabiendo, bruja piruja, que siendo ella, pues no puedo negarme. Tampoco puedo cambiar rodapiés, si vamos a eso, pero eso sí que da igual, allí estaré yo, dispuesto a lo que sea, con tal de compartir unos minutos con ella. Por aquel entonces María estaba liada con Funcionario Emérito Relamido, un hombre a quien no conocía de nada, ni siquiera de nombre, pero su severidad gestual, unido a una cierta grisura oficial, y a un creerse tan infalible como el B.O.E., hicieron que en mi mente se dibujara un DNI antiguo con esa bonita filiación perfectamente mecanografiada en una Olivetti de las buenas, buenas.
Funchi, como yo le hubiera llamado si le conociera o si me hubiera importado algo, no me podía soportar. Le caía como el culo. A mí él no es que me cayera mal, que un poco sí, pero era un tío que no me hacía ni efecto; siempre, en las reuniones de amigos, me asustaba en esas extrañas ocasiones en las que abría la boca, era como si un cuadro cobrara vida de repente para decir cosas tan sustanciosas como "sí, eso es verdad" . Yo no sé qué vio María en Funchi, pero debió ser grande, para dejar atrás al circuncidado Ephraim y echarse en brazos del siempre correcto, pulcro y aburrido Funchi. Quizás una polla colosal y contumaz, como un mototaladro. se escondía bajo los pantalones de tergal; tal vez la razón era su dulzura en los momentos íntimos, quizá su habilidad en la cocina... o yo qué sé. El caso es que María se lió con Funchi para dejar a Ephraim. Una cosa estaba clara: no fue su pericia bricolajera la que sedujo a María, porque si no, no me habría pedido a mí que la ayudara con los malditos rodapiés.
Llegué a su casa y me senté en un sofá, abriendo mucho las piernas, como si no pudiera contener la virilidad de mis enormes huevazos, y María me ofreció un té
-¿No tienes cerveza? - pregunté. A mí no me gusta la cerveza, pero insisto en que quería parecer super viril
- Sí, claro... ¿quieres una?
- Pues... no, en realidad, prefiero el té.
- ¿..? - ella me hizo esta pregunta encogiendo los hombros, levantando laspalmas de las manos y poniendo cara de tú eres idiota
- Quería saber si tenías cerveza... por si luego me apetece,o a ti...
- ¿Has tomado algo...?
Como empezaba a sentirme incómodo con el cariz que iba tomando la conversación, cambié de tema. Y como casi siempre que cambio de tema de forma forzada...hice un chiste sin gracia que ni siquiera era un chiste, era una soplapollez.
- Y qué... veo que te has decidido a cambiarle la cara a la casa... ¡pero empezando por los pies! jeje...
- Deja de decir chorradas, por favor
- Pero... vale, es un chiste malo, pero he venido a eso... a ayudarte con los rodapiés
- Tú no has venido a ayudarme con los rodapiés
- Ah, ¿no...?
- No. Tú has venido a ver si te enrollabas conmigo
- Ah, ¿sí...? Bueno... - dije cambiando de ánimo, y sintiéndome súbitamente esperanzado
- Pero despierta
- ¿Que despierte...?
- Ni de coña nos vamos a enrollar hoy...
,- Oh... - uno puede pensar que el que dos personas se enrollen es cuestión de dos, pero ese no es, ni mucho menos, mi caso: yo, sólo si me dejan- ¿pondremos rodapiés, entonces? - no me parecía mal lo de los rodapiés. Siempre podría, en una situación extrema, tocarle el culo o una teta de refilón... el bricolaje ofrece, si uno está atento a la jugada, insospechadas oportunidades
- ¡No, hombre...! Tú no has puesto un rodapié en tu vida... has venido a hablar conmigo de un plan que tengo, que te afecta, y si te portas bien, te hago alguna cosita luego...
- Sólo por situarme, anímicamente, ¿hablamos de cositas potis?
- Hablamos de cositas potis (1) - sentenció ella. Y fue suficiente para que me callara y abriera las orejas.
Me dijo que Funchi (ella le llamaba por su nombre, que he olvidado) era abogado. Que era un triste, pero que le servía para divorciarse de Ephraim, de quien acabó, literalmente, hasta el moño, sin que el proceso le costara (ni por el proceso en sí, ni por la sentencia) un dineral. Su plan era divorciarse de Ephraim y a continuación, casi casarse con Funchi, pero que cuando el juez dijera aquello de si alguien tiene algo que decir que hable ahora, etc., que apareciese yo, con una niña de unos 3 años que se pareciera a ella (ella se encargaría de buscarla) y dijera que bueno... que montara el numerito, y que Funchi se largaría y ella se quedaría con su divorcio gratis y con los regalos de la boda. No hay porqué ser groseros y venga a devolver regalos, no...

- ¿Qué te parece...? ¿Lo harás? Di la verdad...
- La verdad, María... como plan es una mierda, pero yo lo haré. Yo haré lo que me digas... -dije con la desesperación del salido, y el texto subyacente era: ... con tal de que me hagas cositas potis. Cosa que ella entendió, claro.

Y se dejó caer entre mis brazos. Y cuando empezaba con sus cositas, potis, por supuesto, le dije que esta vez sería yo el hacedor, y ella la recipiente. Procedí, pues.



Y así fue como dejé mi adn salivar en toda su anatomía. Avancé sin miramientos (aunque alguna contemplación me permití, no os voy a engañar) por su intrincada geografía describiendo una espiral, pero de carácter inverso, es decir, fui acercándome al epicentro progresiva y sensualmente y cuando al fin caí en el pozo del deseo... se desató el seísmo en María. Vi licuarse su cerebro (fue diagnosticada de abceso hepático-necrótico licuefactivo) y deshacerse su interior así que yo la besaba, sentí derretirse su alma, saboreé la sublimación de su espíritu y ella, asaz poéticamente, admitió:
- Me he corrido
Y reímos hasta el amanecer.






(1) Cositas potis. De esa forma llamábamos María y yo... y creo que otra persona más, al sexo. No me preguntéis porqué, porque no tengo ni idea. Sólo sé que la primera vez que ella me propuso hacer cositas potis yo dije que sí a ciegas... y ella actuó de tal forma que se me olvidó lo ridículo que suena eso de cositas potis... y ahora, cositas potis, es millones de veces mejor que hacer el amor... y no digamos que el horrísono "follar"