viernes, diciembre 20, 2013

(elipsis navideña)

Y siempre que suena la boz de Bioleta... (¡voz de Violeta, voz de Violeta...!), la voz de Violeta, perdón, sus dos ojitos pequeños y casi opacos, feúchos hasta la ternura, se humedecen y brillan como los de un niño negro justo antes de echarse a llorar.

Mi amigo Edu, cuando era pequeño, cuando era mi amigo, cuando yo tenía amigos, tenía esos ojos húmedos, y parecía, de pie en el autobús del colegio, a punto de romper a llorar, pero nunca lloraba. 

Nunca lloran los cobardes, sólo lloriquean, como yo, porque no nos atrevemos a gritar nuestra verdad, y sólo queremos que las mentiras que nos atribuyen desaparezcan: ni siquiera queremos pelear por esclarecerlas... sólo que la infamia se diluya y que la vida nos vuelva a sonreír, pero es tan difícil...

Foto e idea: Arturo Marugán.


Oh, sí, difícil Navidad sembrada de sospechas, lejos de casi todo mi mundo, cerca de las miserias de otros mundos que no puedo eludir. No huelo a muérdago, huelo a gas-oil, no veo esperanza, veo desdén. mi

La gente protesta y grita en la ciudad, y en el campo, los colectivos se quejan, y las personas... ¿qué pasa con las personas? ¿dónde están las personas? las personas huyen de sí mismas, a veces, para diluirse en grupos de presión, en abajofirmantes, en tuits retuiteados sin darse cuenta de que todo eso les hace más pequeños, más débiles y más insignificantes como personas.

Personalmente, creo que Santa Claus se olvidó de pasar por mi casa, porque Samantha detesta a los renos gays y en cuanto olisquea a Rudolf se pone como loca y ladra y gruñe, y enseña los dientes y Santa Claus (un tipo gordito que se deja llamar Santa, en fin...) no es un héroe, precisamente. Papá Noël y San Nicolás nunca han sido muy de Valdemorillo, y a los Reyes Magos les sentó mal que yo no sea de jugar a videojuegos ni de ponerme tierno con el incienso y la mirra, y en cuanto al oro, vaya, ni siquiera sé lo que es el oro.

Las personas nos equivocamos. A veces mucho y muy pronto, y luego, llega un momento en que ¡zas! lo pagas, fuerte y feo. Las personas acertamos, a veces tarde, pero si aciertas una de las buenas, caramba, toda la vida te dura el consuelo.

Yo acerté una vez. Y esta Navidad sería para suicidarse si ella no estuviera aquí, a mi lado, incondicional y hermosa, firme y dulce, sólida y adorablemente insegura. Susana es mi acierto.

Pero si sigue habiendo alguien ahí, a este lado de la vida, en este lado en el que importan las cosas que a la gente no le importan, bueno, yo no soy de esos que odian la Navidad, ni me parece mal la caridad, ni creo que desear lo mejor a la gente sea hipócrita. Es sólo que estoy al borde del abismo y triste, inmensa y oscuramente triste este año. Estoy muy debilucho y no tengo demasiadas ganas de luchar, pero, caramba, eso no me impide desearos los mejor.

Que os toque la lotería. Que la cena de nochebuena sea venturosa y sin peleas. Que el día de Navidad sea un día feliz. Que en fin de año vayáis al sitio adecuado. Que en Año Nuevo purguéis los excesos en paz. Que los Reyes os sean propicios y que, en general, el año que viene sea mejor que este. De corazón.

La foto que ilustra este lamentable Christmas es una idea de mi maestro, ex-jefe y eterno amigo Arturo Marugán. Un fiera, el tío.












martes, diciembre 10, 2013

1. EN PRESENCIA DE GENTILES Y, SI ANTE ELLOS, HUBIERAS DE HABLAR (verbi gratia, rubias poligoneras).

(Capítulo primero del Insignificante y, sin embargo, Épico relato titulado PRONTUARIO DE ALEGRÍAS Y TRISTEZAS DEL PRÍNCIPE JODUAR)

Cuando por la razón que fuere, me decía mi padre, te encuentres en presencia de tus gobernados, de esa parte de ellos sincera y humilde, sé sólo igual que ellos, sincero y humilde, porque, pequeño principito de la nada, como rey, a lo máximo que puedes aspirar es a ser como ellos... sincero y humilde. Simplemente sincero, complicadamente humilde.

Si bien como consejo general, vital, si quieres, si eres esa clase de persona, es admirable, lo cierto es que como entrada consultable de prontuario es un apunte manifiestamente mejorable, y menos mal que mi vida ha transcurrido por senderos decepcionantes para un heredero real, porque si me planto, pogamos, ante un grupo de labriegos, abro el prontuario, y leo este consejo, caray, me hubiera cagado, literalmente, en mis muertos, empezando por el más próximo de todos ellos.

Traducido a mi experiencia vital, un tanto burbujeante en los primeros años de mi vida, y no por la abundancia de espumosos, sino porque me tenían, como al niño de la burbuja, un tanto aislado del mundo, un encuentro con gentiles y "si ante ellos hubiera de hablar" podría ser algo así como Cómo entrarle a una rubia poligonera

Y es que, vaya, una vez libre de la espada de Damocles que para mí, suponía el trono, más una amenaza que una esperanza, mi salida al mundo fue un poco la del paleto al que sueltan, a los 50 años, en medio de Nueva York. Miradme: la mano derecha en jarras, en la cintura, mano izquierda haciendo visera y el torso inclinando hacia atrás, ante un rascacielos, y exclamando, asombrado: "¡coño, qué alto!". Así me sentía yo, simplemente, en el mundo.

-.-

El primer trabajo serio que tuve me lo proporcionó, al terminar mis inútiles estudios de Ciencias Políticas, uno de los más entregados miembros de la "corte". Era Director Comercial de TransitOn, una empresa de logística centrada sobre todo en el transporte, un cargo absolutamente inmerecido, y tan fuera de mis capacidades como todos los trabajos que he tenido después. Y es que el único mérito laboral que uno, en su humildad, puede enarbolar, es la aceptación de ser enchufado con abierta naturalidad. Este primer trabajo, se me dio sin tener expectativas, al menos explícitas, en lo que mi trabajo y mi tesón pudieran revertir en la cuenta de resultados de la empresa. Como mucho, se confiaba en que al ser presentado como "El príncipe Joduar" el interlocutor fuese lo suficientemente trepa como para quedar impresionado y que esa impresión se tradujera en jugosos contratos o cuantiosos pedidos en cuanto los comerciales de verdad entraran a hacer su trabajo. El mío, al parecer, era engrasar las bisagras de las puertas de los clientes, con un par de anécdotas sobre palacio, o sobre princesas y duques y gente por el estilo.

Lo cierto es que esta fórmula funcionaba mejor en el campo social que en el mercantil y era normal ver que la gente encajaba con incomodidad la palabra príncipe, para luego reaccionar e intentar ganarse mi simpatía, mi favor, o al menos mi atención a toda costa, disimulando peor que mal, generalmente.

En aquel primer empleo en TransitOn, era costumbre que después de una jornada de trabajo, en mi caso, poco fructífera, nos reuniéramos en el Pub que había en el polígono y tomáramos unas cervezuelas en campechana comunidad (los Borbón no son los únicos). Éramos un buen puñado de currantes encorbatados y/o taconazos, de diferentes compañías, los que nos dejábamos caer por ahí, deseando que el mundo, acaso por un par de horas, se olvidara de nosotros, y creando un microclima particular, un ecosistema inmune a la realidad, nos disolvíamos con la indolencia de un azucarillo en un hábitat natural propicio para el escarceo sexual, la conversación fanfarrona, la risotada viril y el arreglo general del mundo. Allí eran habituales las beodas invectivas del tipo "esto lo arreglaba yo en dos días", discursos mal ensamblados y peor articulados, emitidos en un estilo etílico y pelmazo que contaban con el asentimiento murmurado de ese círculo hipócrita que formábamos los tontos allí reunidos.
Ejemplo sabrosón de poligonera fetén
Una chica de belleza chillona y plasitificada llamaba mi atención. Se llamaba Ana, pero ella pronunciaba -y escribía- "Anna", haciendo énfasis en la doble ene, ella sabrá porqué. La susodicha, una Auténtica Rubia Poligonera Nivel 1, trabajaba en la tele local y era lo que podríamos llamar, una estrella emergente, dicho sea con todas las salvedades y dimensionando el término correctamente (tele local de una antigua ciudad dormitorio del entorno de Madrid). Vestía de forma práctica: todo lo que se ponía encima no buscaba la belleza o la elegancia, sino que estaba destinado a resaltar sus, ya de por sí, resaltables atributos. Y vaya si lo conseguía...
También era, aunque de una forma bastante bastorra, una mujer simpática, resuelta y desinhibida,  y mucho más lista de lo que insistía en mostrar; en lo suyo, en la tele, era muy buena, estaba bien preparada y, en fin, todo ello mezclado estallaba en cuanto se ponía delante de la cámara. De momento, lo era sólo a escala local, pero sin ninguna duda era una chica con madera de estrella.

Un día especialmente aciago en el trabajo, le eché el ojo. Era uno de esos días en los que quieres asesinar a alguien, emborracharte, o acostarte con una mujer como Anna (lo que podríamos llamar un día normal). Me hice presentar por uno de esos bobos a los que impresionaba el hecho de que fuera príncipe y ese fue mi último acierto de esa noche.

Anna se quedó prendada de la palabra "príncipe" desde que la oyó pronunciar por primera vez, y ya al ser presentados, con los dos besos de rigor, me regaló con un restregoncillo de sus pechos. Rió durante toda la velada mis comentarios, incluso los que tenían alguna gracia, y cuando me hablaba, o cuando hablaba a otros, dejaba caer su mano (su garra buitresca) en mi antebrazo, en mi muslo o en mi pecho. Al reírse, me agarraba del brazo y restregaba sus maravillosas tetas en mi fofo y poco musculado brazo, pero vaya... supongo que da el mismo gustito que si hubiera sido un brazo fibroso y musculoso.

Ahora sé que todo eso eran, como se dice ahora, "señales", pero entonces era tan capullo que ni idea. Lo que sí sabía era que me estaba volviendo loco esa solicitud de semejante mujer, y que cada vez que su mano, o sus pezones, se me clavaban en la piel... en fin, esa pequeña parte de mí se hacía un poco menos pequeña. Estaba salido como un demonio libidinoso (por si alguien no lo sabe, los demonios libidinosos son los más salidos del mundo, según un estudio de la Universidad Central de Ontario) y acudí al prontuario que me dejó mi padre para buscar su luz y su consuelo en un momento así. Y esta entrada es la que encontré:
Cuando por la razón que fuere te encuentres en presencia de tus gobernados, de esa parte de ellos sincera y humilde, sé sólo igual que ellos, sincero y humilde, porque, pequeño principito de la nada, como rey, a lo máximo que puedes aspirar es a ser como ellos... sincero y humilde. Simplemente sincero, complicadamente humilde

En fin... a ello. Empecé a emitir risotadas explosivas, a tocar a mis semejantes mientras hablaba; emitía juicios vulgares y opiniones que mejor hubiera sido para todos si las hubiera silenciado. Trufaba por doquier con "ya te digos"  y "además que sí"  (con acento madrileño: ademájjjesí...) los comentarios de los demás, o colofonaba sus anécdotas con el inevitable "Sí... ¿no?", me colocaba el paquete como sin darle impotancia y contaba las anécdotas desde un punto de vista revisitado, quedando yo bien, con numerosos  "y entonces le digo" totalmente inventados, que no se me ocurrieron mientras duraba la conversación que estaba referenciando, cuando hubieran sido oportunos y letales, sino diez minutos después, cuando ya eran completamente inútiles.

Para cuando la francachela empezaba a languidecer, empecé a pensar en la logística. ¿A dónde podría llevar a Anna? No quería traerla a casa, porque este tugurio no es lugar para personas, es sólo mi guarida, mi alma con paredes, y nadie puede entrar aquí.

Por entonces, además de que mi nueva personalidad poligonera había hecho descender sensiblemente  los anhelos de Anna (pero no desaparecer, pues seguía viéndome con el cartel de "príncipe" en la frente), me había enterado de que la casa de Anna estaba descartada porque vivía con su madre, y ¡dios libre a un príncipe de las madres de las mozas casaderas!

Así las cosas, discurrí un rato y di con una estrategia totalmente poligonera: ¡botellón y posterior polvo en el coche! Era tan bueno que me decepcionó enormemente que ella no compartira mi entusiasmo.

- ¿En tu coche...? - dijo. Y más adelante, cuando vio mi coche, un vulgar Opel Corsa, varió ligeramente su pregunta - ¿Es tu coche...?

No ocurrió, claro.
A la alegría de los primeos lances, cuando Anna, solícita y ambiciosa, receptiva hasta la obsequiosidad, me tocaba, reía mis gracias, se me restregaba... sucedió la tristeza neta de ver el dulce pajarillo de la felicidad alejarse aleteando al mismo ritmo cansino con el que mi poligonismo se imponía en mi estrategia; una frialdad creciente creció dentro de la otrora tórrida Anna y todoo terminó antes incluso de haber comenzado.
-.-
Y es tan así que se me ocurre decir que quizá los consejos, así, en general, no sirven para los príncipes. O tal vez sea sólo este consejo.
Lo cierto es que hay cierto tipo de personas para las que este circo sí que tiene importancia. Que uno, a veces, está atrapado por su destino, que existe, creedme, el destino, en ocasiones, existe.

Soy un príncipe, mal que me pese. Soy torpe, desangelado, huérfano y desnortado, pero esa parte de mí me acompañará siempre mientras exista gente como yo, como Anna, para las que las cosas que no tienen importancia (el color de mi sangre, el tamaño de sus tetas) y aun sabiendo que no la tienen, en realidad, se convierten en prioritarias cuando actuamos.

Quizá el consejo era bueno, un discurso útil. Quizá sólo yo soy el malo, el príncipe inútil. Pero tengo la impresión de sólo si por mí mismo, y con mi parda experiencia, seré capaz de desgranar los consejos de mi padre, puede que tan llenos de sensatez como de desconexión mundana. Sobre todo... tratándose de mí.

domingo, noviembre 17, 2013

Primeras líneas (Prontuario de alegrías y tristezas del príncipe Joduar - Prólogo)

 Lea en orden, como es debido, por humanidad: Prontuario de alegrías y tristezas del príncipe Joduar (El empiece, como si dijéramos)

 

1. EL CUADERNO

La primera página, sin prólogos, título, licencias o explicaciones previas, es una remembranza algo cruda, que te pone en disposición, te avisa de que vas a leer, si continúas, algo realmente singular.

El recuerdo de mi padre es una vaga secuencia de fotogramas en blanco y negro; destellos leves, velados de tristeza. Zapatillas, batín y pipa, lectura junto a la chimenea y un indescriptible halo de melancolía en su mirada gris azulada. Aprendí a cobijarme bajo su brazo, inquietantemente seguro, y relativamente cómodo en su resignada fatalidad. Olía a Brummel, a tradiciones semiperdidas y a  mí me tranquilizaba ese aroma sorprendente de pequeñoburgués, una inesperada familiaridad en alguien nacido y educado para reinar. Mi padre, el monarca humilde, gobernante oximorónico, un hombre, nada menos.

Mi madre, música en vivo, trompetas en la risa, violines en el llanto, era extrema como  las lindes, y era, por hacerlo fácil de entender, un sol: su presencia era vida y su ausencia, pura añoranza de la luz y el calor. A veces era demasiado presente, como sol de estío; otras, no entendías porqué nubes tan despreciables eran capaces de hacerla languidecer, como tímido sol poniente del otoño.

Ninguno de los dos tenía el don de la elocuencia. Pero declamaban con soltura y estaban más que acostumbrados a perorar sobre cualquien asunto en cualquier lugar y ante cualquier audiencia. Desde pequeñito, pues, me acostumbraron, o más bien, me entrenaron...

(nota disgresiva para periodistas deportivos: entrenar es un verbo transitivo y necesita de complemento directo; no se puede decir "Mesi entrena bien", porque es mentira -lo hace fatal, me apuesto un huevo- y porque se dice "Mesi se entrena bien" si se diera el caso -improbable- de que este as del fútbol tuviera cerebro para hacerlo él solito, o "a Mesi lo entrenan bien"; además, el sustantivo, la acción de entrenar, es entrenamiento, no entreno, aunque sea más corto, aunque la Real Acedemia de la Lengua -Durmiendo con su enemigo- lo haya aceptado -como descambiar- y aunque a ti, cabeza hueca, te parezca más chulo)

... me entrenaron, decía, porque aquello fue un auténtico entrenamiento, a estar siempre preparado -entrenado- para contestar preguntas, o improvisar pequeñas charlas, largar el rollazo, vamos, y la técnica que usaron era darme fichas con frases hechas, neutras, polisémicas, que me ayudaran a arrancar un discursillo, un imporvisado speech mientras organizaba mis ideas y pensaba qué es lo que iba a decir.

Pronto fue evidente para todo el mundo, excepto quizá, para mi madre, que yo nunca reinaría y ella, en plan mamá de la Pantoja, siguió aleccionándome al regio estilo, sin perder la esperanza, y es de entonces de donde me viene mi afición (más que afición, necesidad) de los prontuarios: de tener una referencia siempre a mano para poder arrancar la charla sobre lo que sea sin titubeos.
Y a eso me dispongo ahora. A contaros sin delicadeza, sin titubeos, sin dudar, mi peripecia. Y no porque yo crea que os importe, sino, tal vez, conmovido por la lealtad incomprensible del grupo de nostálgicos que me ha provisto de sustento toda mi vida, anhelando una imposible Restauración. Añorando un tiempo que, pensándolo ahora, quizá nunca fue en realidad. Ellos, infelices soñadores, leales como perritos, me piden que por favor escriba, que tome nota, que la patria sepa que la llama de nuestra estirpe nunca fue del todo extinguida, aunque durante un tiempo lo pareciera. Y yo, lo que pienso es que quizá lo que ellos llaman el Continuo Histórico de la Monarquía no es más que un fogonazo, un destello amable en la cruda y prescindible historia de mi pequeño país. Dudo que, si esto llega a manos de mis fieles patrocinadores, les satisfaga en lo más mínimo, pues es poca herencia, poca ensañanza la que aquí voy a dejar.

Yo soy un príncipe sin reino en un mundo de gentiles hombres. Un non despiadado, un impar no emparejable, una personalidad compleja con pocas probabilidades de desposar, como dijo el sabio Joey Tribiani de su amigo Chaendler Bing.
 Yo soy el príncipe Joduar, un hombre sin suerte.

viernes, noviembre 15, 2013

Prontuario de alegrías y tristezas del príncipe Joduar (El empiece, como si dijéramos)

0. DE CÓMO LO ENCONTRÉ Y SUCUMBÍ

Muerto el príncipe, y de eso hace tres laaargos años, sin herederos legales o bastardillos, y siendo su corte inexistente, pues el reino en el que debía reinar, por razón de sangre y tradición, fue disuelto poco después de nacer él, se planteó el asunto de qué hacer con las cosas de palacio.

Como quiera que "palacio" es un enlace con el pasado, un eufemismo tras el que se medio oculta el pisito miserable que los nostálgicos pagan a Joduar, nadie hizo nada y la exigua corte se disolvió como un azucarillo aliviado en una relajante cup de black coffee in bed. Sus declaraciones al sentirse al fin libres del principito -"hicimos lo que pudimos"- sonaban a suspiros liberadores, como el silbido de la olla a presión cuando la apartas del fuego.

Y es que un ex-príncipe es, fundamentalmente, alguien a quien, como a algunos cónyuges, le cuesta asumir su ex-idad. Si uno crece comiendo mortadela, se acostumbra pronto al jamón, pero es difícil hacer el camino vicevérsico o, más que difícil, es desagradable y Joduar, al parecer, según la opinión de casi todo el mundo, no supo hacer ese camino cuesta abajo con un  mínimo de galanura.

Yo no sé qué decir al respecto. Sólo soy Camilo, el que limpia las casas de los muertos sin herederos, un trabajador no cualificado de la inmobiliaria, así que no soy una persona cultivada, ni experta, ni estudiada ni nada por el estilo. Soy un hombre supuestamente con pocos escrúpulos que hace un trabajo dicen que desagradable, pero a mí no me lo parece tanto. La expresión "casas de muerto", que yo uso sin anestesia, porque me gusta ver el efecto que causa en mis interlocutores, evoca en la mente viejos abandonados que llevan un trimestre pudriéndose o sirviendo de comida al gato. Lo cierto es que la mayoría de las veces, en mi caso, al menos, son casas de gente que salió con idea de volver un rato después, y si algo se pudre es un tupper con sobras de macarrones con chorizo en la nevera.

Si nadie reclama las pertenencias del finado (lenguaje técnico, lo uso con falsa soltura para darme importancia), hago inventario, empaqueto e identifico lo susceptible de ser reutilizado (otro eufemismo, se vende en eBay), y me deshago de lo que estimo oportuno. Es un sobreentendido laboral, latente en mi contrato, pero jamás patente por escrito, que yo, en primer lugar, y mi equipo, a continuación, nos quedemos lo que queramos, siempre, insisto, que nadie lo reclame. Finalmente, nos convertimos en brigada de reparación, desinfección y limpieza, y la vivienda queda lista para una nueva... ¿víctima?

El piso del príncipe Joduar no sería una excepción de esta decepcionante
rutina, si no fuera por el cuadernito que encontré en su mesita de noche. Un cuadernito Centauro, tamaño A7, de tapa semidura azul, muy vulgar, nada principesco, muy sencillo, nada ostentoso que con el fantástico título de "Pequeño Prontuario de Alegrías y Tristezas" me llamaba tantísimo como si emitiera luces y sirenas de emergencia.

Lo tomé con cuidado, como si quemara, o estuviera pringado de petróleo y lo examiné por fuera, antes de atreverme a abrirlo, aunque al verme, accidentalmente, reflejado en el espejo, la imagen que éste me devolvía era, seamos sinceros y gráficos, la de un chimpancé examinando un iPod. Desolado por esta imagen, preguntándome si era un reflejo de mi autoestima, abrí el cuadernillo, pero sin mirar aún dentro, y pasé con rapidez sus hojas frente a mi rostro, como abanicándome antes de empezar.

Me senté en la cama, con la sensación de que antes de seguir con todo eso tenía que leer esa rareza manuscrita, con letra firme, un poco nerviosa y picuda, de aspecto poco amable, pero firmemente determinada a permanecer contra viento y marea, through thick and thin, para que un infeliz como yo la leyera.

De modo que abandoné la Posición de Fowler y me abandoné, sucesivamente, a las de semifowler, decúbito supino, lateral, prono y por útimo, decúbito dorsal, porque leí completo el contenido del cuadernillo del príncipe, y de lo que leí en tales posiciones y de las enseñanzas que obtuve de su lectura, reflexión y maduración, es de lo que me dispongo a escribir en las líneas venideras.

Y tal.



lunes, noviembre 11, 2013

Un señor bastante importante

He visto que hoy ponen en la tele El inolvidable Simon Birch, una peli del todo encantadora, como muchas de las películas basadas en novelas de John Irving, de quien yo me atrevería a decir, sin miedo a equivocarme, que se trata de un señor bastante importante.
La película tiene esa cosa tan fantástica del cine americano que te hace meterte en la historia nada más empezar, atrapando tu alma con un par de notas musicales, la nostalgia y el discurso evocador de una voz en off que repite, casi literalmente las primeras líneas del gran libro de Irving:

"Estoy destinado a recordar a un chico de voz estridente..."
Ver que ponían esta peli me ha recordado lo mucho que disfruté leyendo la novela en que la peli está basada, Oración por Owen, y lo que, en general me ha hecho disfrutar John Irving con sus fantásticas novelas.
Irving es un autor muy peliculizado y estoy seguro de que mi amiga Clementine, una de las pocas lectoras habituales de este blog, y autora de varios blogs sobre cine, escribiría un brillante y bien documentado artículo sobre las pelis que Hollywood, o la industria del cine en general, ha hecho sobre la base de las historias de John Irving, Aquí le dejo la idea y la sugerencia, a ver si ella toma mi guante.

Pero quería escribir sobre John Irving, bueno, no sobre él, sino lo que me ha pasado a mí con John Irving. Yo creo que de los autores contemporáneos de éxito, no hay ninguno como John Irving. Puede que sea escritor de best sellers, y que esto sea malo para alguien, pero para mí es un escritor de  los pies a la cabeza, y no un escritor cualquiera, sino un gran escritor, que tiene la fortuna, por la cual le envidiamos en todo el mundo, de que su talento sea además reconocido y aplaudido por millones de lectores.

Para mí, leer a John Irving es un placer. Me encantan sus diálogos y sus personajes, su sentido del humor y su inteligencia preclara, aunque a veces me fastidie un poco su militancia (ligera, no es un tío demasiado sermones) en la superioridad moral de lo políticamente correcto que sobrevuela en ocasiones sobre su discurso, algo que ocurre, también, por ejemplo, con otro grande, aunque en mayor medida, como Paul Auster.

Me sucede, a menudo, leyendo a Irving que al leer un párrafo levanto la vista, cierro a medias el libro (sin perder la marca, eso sí) y me cago en su santa calavera, de pura envidia, y vuelvo a leer ese mismo párrafo, preguntándome y buscando qué es lo que ha hecho genial ese párrafo; y lo leo y releo, y me pregnto mil veces dónde está; y nunca lo encuentro, no hay un chispazo poético, un destello de ingenio, ni una elección afortunada de adjetivos o circumloquios; pero subyace en las palabras escogidas, y su significado, un orden rítmico inexplicable, una musicalidad latente que, como agua subterránea, riega el texto de vida, como un jardín tropical, de esos tan frondosos que casi cansa mirarlos.

No lo encuentro, decía, quizá tú sí. Quizá si lees Libertad para los osos, puedas explicar de dónde sale el genio, cuándo nació esa luz. John Irving es parte de mí, aunque él no lo sepa, y así debería seguir siendo. Si te lo encuentras un día, quizá comprando calabacines, tal vez en un ferry a una isla aburrida. no le digas nada sobre mí. Hablad de béisbol, de gambas o de Etta James o Muddy Waters, con eso le mantendrás tranquilo y circunspecto, que es el modo en el que, según la Enciclopedia Obtusa de Exploradores, debe mantenerse a los escritores. Porque, querida, te diré algo que quizá te salve la vida un día: si dejas que un escritor empiece a hablar de su obra, sus historias o personajes, estás perdida.

No y no. No hay nada tan pelmazo como un escritor hablando de su cosa, explayándose pedante y pomposamente sobre toda esa basurilla que tanto gusta a los periodistas, tipo si su historia es autobiográfica, o si el personaje del gato está inspirado en su tía Angustias. Incluso si es a Irving, no soporto las entrevistas a escritores. O a actores. Mejor la muerte.

Sé que John Irving no es el mejor, pero es, sin ninguna duda, el que a mí más me gusta. Supongo que no enseñarán sus libros en el colegio, pero igual que leía párrafos a mis hijos para dormirles y, más adelante, les recomendé y presté sus novelas, enseñaré a mis nietos la magia que se esconde tras, o sobre, algunos párrafos sublimes. Seré al abuelo cebolleta pelmazo que lee cosas pesadísimas y un día, sin darse cuenta, se encontrarán frente a la tele, o en un cine, viendo una peli cuyo guión sea suyo, o basada en una novela suya... y se acordarán de su abuelete obeso y pelmacín, el que les leía párrafos sin sentido y, en fin, todo tendrá, al fin, sentido.

¿Me entendéis, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra?

Pues a eso me refiero.












viernes, noviembre 08, 2013

La de las palabras huecas. La de Cepción

Ella, como casi todas las de allí, es bonita. Las de Cepción antes, en los tiempos en que las chicas esperaban a que los chicos les llevaran al baile, eran feas, pero ahora no, ahora que las mujeres tienen la desfachatez de no desearme espontáneamente, ahora están buenas, tienen talento y los pechos rebosantes de promesas y buenos augurios.

El caldo de la sopa es el resultado de la lenta y contumaz cocción de los alimentos esenciales, y ella sería como un caldo si no fuera de Cepción ante todo. Pero ella, por ser tan de Cepción, no tiene tiempo para ser caldo y es más gallina blanca, gallina fugaz y trepidante, cloqueando como una gallina mágica, por lo que podríamos decir que ella, como buena de Cepción adora esfumarse sin pensar en nada más.

Ella canta. Canta al sol a la luna y el viento, porque dice ser natural como el sol, la luna y el viento. Pero también son naturales las berzas, la mierda de cerda y la nariz de la lombriz y no van diciéndolo por ahí, como si fueran portuguesas, por lo que no debemos dar demasiada importancia a la canción que canta esta mujercita de pies traviesos y mente insolente, pero es que ella es toda vacuidad, ella es pura de Cepción. No hay nadie más de su pueblo que ella.

Ella a veces parece otra ella, la Mento de Cirlo, la típica mema que no sabe tocar la flauta, pero insiste una y otra vez con Twinkle, twinkle, little star, y a mí me parece completamente insustancial, totalmente irresponsable, absolutamente egoexistencial, como un conejito mirando melancólicamente las zapatillas de correr, Adidas Tampico, de la señora tortuga.

Ella sólo dice ecos. Ella sólo aflora en reflujos. Parece que sabe, pero no sabe a nada, fast food, pim-pam-pum. Tiene mucho cuento, y no tiene relato. Es una tormenta desatada de cháchara, pero ya sabes, es la lluvia incesante y calabóbica, el orballo tenaz de Cocacola en el cerebro, ella es la de las palabras huecas, la de Cepción.

La indiscutible y neta decepción.

lunes, noviembre 04, 2013

Quieres saber, tú quieres saber.

Quieres saber por qué camino mirándome los pies, y ya me gustaría a mí saberlo. Quizá es que no me atrevo a mirarte, o a mirar tus pies, o a mirar a nigún otro lado, porque me volvería loco.
Quieres saber

Camino porque si me quedo quieto, me mata la brisa que primero te abrazó ti y llega a mí impregnada de tu olor.

Quieres saber por qué me castigo así, y yo no puedo contestarte porque no tengo la menor idea. Y estúpidamente consciente como soy del mal que me hago con estos  voraces arrebatos, con esta inmovilidad suicida, se me ocurre que quizá no sea tan listo como tú pareces pensar.

Me castigo porque no sabría, si no lo hiciera, cómo justificar mi soledad física, ni cómo salvarme de la condena eterna al amor propio que parece mi vida.

Quieres saber por qué me encierro, por qué no le cuento al mundo todo lo que llevo dentro, y sigo en un trabajo de mierda, cuando es evidente que mi sitio está en otro lugar. Quieres saber por qué callo, cuando una voz como la mía se echa de menos en un mundo tan materialista.

Me encierro y callo mis anhelos, porque si no lo hiciera, el mundo sabría entonces que soy vulgar como un gato callejero, cuyo encanto  termina después del primer salto, gracioso de ver de lejos, incómodo de vivir de cerca.

Quieres saber el porqué de tantas cosas...

Y entonces pones un disco de Pablo Alborán. Y me cuentas una injusticia que se cometió en el último programa de Top Chef, y te escandalizas porque Bankia vuelve a los beneficios. Me dices lo mucho que te apetece leer otra gilipollez de Ruiz Zafón, que Barcelona es muy europea, que te da morbo hacerlo en la cocina, y que no importa la edad que tengas (te refieres a la que tú tienes, que te tortura), lo que importa es que te sientes joven por dentro.


Y yo quiero saber por qué, mi vida, por qué no soy capaz de plantarme frente a ti, y ante esta insufrible tabarra, y ponerle fin a todo este asunto porque, francamente, querida, toda esa monserga, toda esa basura, me importa bastante menos que un pimiento.

Vulgar, como un gato callejero

Te vas.


viernes, noviembre 01, 2013

La dibujante que no sabía pintar

Estaba limpiando la caseta, la inútil caseta del socorrista de Playa Nueva, la Playa Donde Nadie Se Baña, cuando algo golpeó el tejadillo. Salí, lo miré, miré hacia arriba, al mirador, y finalmente lo cogí y lo miré otro rato, desconcertado. La marea estaba subiendo, así que las olas estaban en ese momento en que salpican un huevo; un buen chorreón de agua salada cayó sobre aquello, borrando, casi mágicamente, lo que sobraba. Ahora era soberbio. Lo colgué en una de las desnudas paredes de la inútil caseta del socorrrista.

-.-

Solía visitarla los viernes, un poco antes de mediodía, aunque quizá visitarla sea un tanto inexacto. Iba a mirarla, a escondidas, mientras ella pintaba. Ahora estaba pintando, otra vez, la Ría Nueva. No siempre fue así. Quiero decir que no siempre la miré a escondidas. Ni tampoco pintaba siempre la Ría Nueva, bueno sí, pero la pintaba desde diferentes encuadres. Al principio, cuando -de golpe- la descubrí, iba a mirarla abiertamente y ella, todavía no entiendo muy bien por qué, un día me dijo:
- Eh, tú... ¿no tienes nada mejor que hacer?
Me gustaría contar que se me ocurrió una buena réplica, pero no. Me puse rojo, balbuceé dos paridas y me marché. 
Desde entonces, mis visitas fueron furtivas. Así que, bueno, no eran visitas. No iba a visitarla. La acosaba.
Ella pintaba muy divertido. Paisajes. Elegía un encuadre y primero, lo dibujaba. Su dibujo era de trazo vigoroso y suelto, maduro, experto, muy seguro. Y sin embargo, luego, al darle color, parecía sufrir una regresión. 
Su pintura era infantil, parvularia, dubitativa, en la misma medida en que su dibujo era adulto, cultivado y certero.
A mí, raro que es uno, me gustaba ver esa degradación que sufría el lienzo en su tránsito del dibujo sublime a la pintura mema. Me divertía ver su expresión cambiante, de la satisfecha mirada inicial a la incredulidad final, como diciendo, ¿cómo puedo pintar tan mal?
Lo cierto es que no pintaba tan mal. Tan mal como ella pensaba. Es cierto que su dibujo era mjuy superior, pero no era tan mala pintando. Pero ella tenía la desgracia de tener esa cosa que les pasa a algunos artistas no comprendidos y, por lo tanto, frustrados: reconocía el verdadero arte y esa intuición la torturaba por cuanto, en reconociendo el alcaloide de lo sublime, no le hacía falta más que ser honesta consigo misma para... para... deprimirse. Oh, caramba...

Aquel día, estaba rematando su nueva visión de la Ría Nueva. Esta vez, como curiosidad, había incluido una avioneta de publicidad que sobrevolaba todo el litoral anunciando el casino. Estaba terminando, de modo que estaba de muy mal humor porque, mucho antes de abordar las últimas pinceladas, era evidente que había vuelto a joderla. Su prometedor dibujo se convirtió en una decepcionante pintura.

Se acercó a la valla del mirador, y se asomó al acantilado con tenebrosas intenciones. Iba a suceder. Me sentí tentado de detenerla. De decirle que era un error, que no podía tomarse las decepciones artísticas tan a la tremenda. Pero no me atreví. Me acordé de cuando me preguntó si no tenía nada mejor que hacer que mirarla... y entre el remordimiento y la vergüenza -porque seguía mirándola  a escondidas- admito, sin sentirme demasiado orgulloso. que no fui capaz de impedirle que lo hiciera. Sucedió. Y yo, maldito cobarde, no lo impedí.

-.-

Bajé a la playa por las escaleras del acantilado. Cogí una esponja natural que la marea alta dejó anoche al pie de la escalera. Metí los pies en la orilla y metí y empapé en su agua fresca la esponja. Unos pasos más allá vi la avioneta. Maravillosamente dibujada, espantosamente pintada. Pasé por el lienzo la esponja y el color casi desapareció por completo, dejando, húmedo y resaltado, el trazo firme, sublime, suelto, vigoroso y rápido de su dibujo. Terminé de limpiarle el color, y metí el cuadro en la inútil caseta y lo colgué. Las paredes de la caseta estaban ahora llenas, forradas, práctiamente, con 25 vistas de la Ría Nueva. 25 dibujos extraordinarios.

Creo que voy a montar una exposición. Me gustaría ser una especie de mecenas. Me gustaría que el mundo descubriera el talento de mi pintorcilla. Me gustaría acostarme con la artista.









martes, octubre 29, 2013

Romántico entremés


En el centro de la escena, como si fuera idiota, pero con su cara normal de zoquete, Fernando Javier proclama al cielo su desdicha vital:
Fernando Javier: ¡Oh, tus pezones...  recurso inagotable en mis escritos! ¿Cuáles son tus razones, mi gordita deseable, para rechazar a este proscrito?
Entra Marta Rosa, sientiendo una gran realidad sobre su pecho, y sin poder disimular que sin gafas es como Rompetechos; responde a FJ, pero como si clamara en el desierto:
Marta Rosa: ¡Ay, tu pesadez sempiterna! tu salidez sin tregua, tu incansable instinto bajo
Fernando Javier: ¿Es eso lo que te amuerma? porque te amo a destajo...
Marta Rosa: y tu higiene siempre en huelga: hueles, pero bastante, a ajo
FJ se rasca los huevos mientras acentúa la idiocia de su semblante
Fernando Javier: ¿Y qué si como especiado, y al gusto mediterráneo? Tengo entendido que sin esta dieta, para vivir, vas de cráneo
Marta Rosa: tus versos son horribles, casi tanto como tu aliento; tu aspecto es discutible, tu coco no vale un pimiento, y no tienes posibles... ¡te mando a tomar viento!
Y entonces él, insensato,
sin que nadie lo impidiera,
se enfadó primero un rato,
para acabar hecho una fiera
Y así termina esta vieja
historia sin laca ni gomina
así que, moraleja:
la vida, casi nunca rima





viernes, octubre 25, 2013

El sueño, el bosque y la cima.

En lo que a mí concierne, con respecto a ti, alcancé la cima del monte, que no es una cima, propiamente dicha, pero sí una cima para mí, en el sentido de meta, de hito máximo, una noche, mientras dormías. O casi. Casi dormías, quiero decir.

-.-

Como tantas otras veces, la conversación avanzó, beoda, entre la soltura de los primeros lances, y la inconexa sinrazón brillante que propicia el ritmo de esas reuniones vespertinas: una copa, un pitillo, una anécdota, un algo de picar, una risa, una lágrima nada furtiva, la anécdota de nuevo, otra copa, más pitillos, una llamada, el recuerdo de los agravios del pasado, otra copa, risas forzadas, la misma anécdota, pero ahora con los detalles más confusos, pitillos que hacen rebosar el enorme cenicero, otra ronda de copas, de nuevo los agravios, un pequeño percance entre nosotros, que se salda con abrazos, lágrimas sentidas y promesas de que ya nunca más pelearemos por esas tonterías, más copas, algún bostezo, se acaban los pitillos y se reencienden las pavas...

Morfeo entró en la habitación y repartió sus dosis de hartazgo con equidad salomónica y uno a uno, caímos todos en sus cálidos y confortables brazos. Dormimos, pues.

-.-


Soy, de nuestro pequeño grupo, bien lo sabes, el menos dado a la anestesia voluntaria, de modo que desperté sólo un rato después. Todavía aturdido, examiné con ojo crítico el campo de batalla, de la batalla que en éĺ tuvo lugar. Dormido el total de nuestros efectivos, me levanté y cambié mi lugar en el mundo por un asiento privilegiado junto a ti, una fila cero desde la cual, me bastaba con estirar el brazo, alargar mi mano ávida, para tocar el escenario de los sueños.

Ahí, en plena noche, bañada en la oscuridad, pero a mi alcance, estaba la aventura con la que tanto soñé y que, siendo sinceros, nunca viviría en plenitud. El bosque que conozco es siempre impenetrable, siempre lo será. Cómo explicarte... el bosque es mucho más hermoso de lo que el mismo bosque parece creer. Cree que es viejo, que fue más hermoso en otra época... es igual, yo sé que su hermosura es inagotable y que, como los buenos caldos, aumenta con el paso del tiempo. A mí me parece el paisaje más bello que un hombre pueda soñar.

De modo que emprendí camino, pues no me quedaba otra alternativa. Ante mí, oscuro, como dormido, el paisaje soñado. A mi alcance estaba la parte trasera de la gran llanura, cubierta por un manto ligero, pero firme, de vegetación. Avancé, poco a poco, separando el matorral y me adentré en la foresta virgen, esperando que el monte no advirtiera que un intruso se adentraba en su caverna más íntima.
Me detuve frente a la cima. O más bien tras ella. Ya dije antes que la cima de este monte, no es realmente una cima. Es una caverna, más que otra cosa. ¿O quizá una sima? Yo estaba tras ella o, mejor, frente a lo que podríamos llamar su parte trasera.

-.-
La cima del mundo


Te acaricié. Te acaricié suave y firme, perdiendo el sentido con cada uno de los pliegues de tu piel, apreciando tu calor, emborrachándome de tu olor. Te acaricié durante más de media hora. No paré de acariciarte y no hubiera parado de acariciarte nunca, porque acariciarte es la sensación más hermosa que he sentido en mi vida, si tú, volviendo por un minuto al mundo de los vivos, no te hubieras dado la vuelta y, mirando por encima de tu hombro (tu maravilloso hombro), no hubieras dicho:
- ¿Qué está pasando aquí?
- Nada, nada...
Y la siguiente media hora, confundido entre la vergüenza y la lástima que sentía por mí mismo, la pasé llorando.

Porque esa media hora tan patética, fue la mejor media hora de, al menos, los últimos cuatro años.

¿Sabes de lo que te hablo?





martes, octubre 22, 2013

Y, más o menos, fue así...

Pues allí estaba yo, a las 9 y diez más o menos, montando el -mínimo- equipo que uso para tocar en este plan (ampli, micro y guitarra).
Celia nos invitó a cenar. Yo dije que no, que tenía el estómago cerrado por los nervios y me apreté 3 vodkas con naranjita antes de empezar. Normalmente no bebo nada, pero cuando voy a tocar, me pongo tan nervioso que necesito una ayudita.
De todos modos, resistí a los chopitos, a las croquetas... pero en cuanto trajeron el chuletón para compartir, mandé a la mierda mis nervios y ataqué la carne roja y sanguinlenta.
Ahí me tenéis, el cuarto vodka en la mano y esperando a que me digan que empiece.
Foto de Olga, mi sobrina
Cuando pareció que, efectivamente, el aforo del local no iba a sufrir grandes variaciones (había unas 7 personas), me dijeron, sube, machote y a ver qué pasa.
Subí. Enchufé la guitarra, dije "sí, sí, ah..." en el micro y empecé a canturrear.
El Plaza Copas, el local donde tocaba, es una sala adyacente al Plaza Mayor, bar que todo el que tenga dos dedos de frente debe visitar alguna vez. Como la entrada no era, digamos, un llenazo, se abrieron las puertas del Plaza Mayor, para que la gente que allí cenaba y tapeaba pudiera oír la musiquita y, si les apetecía, pasaran a tomarse una copa en el conciertillo.
Poco a poco, según se desgranaban las canciones, fue pasando gente y la cosa acabó (a las dos menos veinte de la mañana) muy animada y todo el mundo contento.
Susana me grababa, cuando se acordaba, un ratito, otro... y juntando todos los rayitos, sale esto. Más o menos, te puedes hacer una idea.
Claro que, yo qué sé... igual no te importa nada.

miércoles, octubre 16, 2013

El sábado, el sábado...

El sábado, a las 22:30, en primera convocatoria, y si no a las 23:00, toco en el Plaza Copas, la sala de copas, música y marchuqui del bar Plaza Mayor, de Villanueva de la Cañada.
Será un concierto acústico en el que tocaré mis temas habituales y alguna novedad, con mi guitarra acústica y un par de armónicas y mucha, mucha garganta.
La entrada, y eso es una novedad, que haya que pagar una entrada, costará 3,00€ y a cambio, yo me lo dejo todo: los dedos, la garganta y el alma, y si vienes tú y te animas a cantar... pues eso, genial.
Este es el poster del evento:
Click y lo ves más hermoso y legendario


Te espero. Así que tienes que venir.

jueves, octubre 10, 2013

Casting machista

Lo cierto es que ella, ...
¿Quién? me dice el tipo 
la pastora del pueblo de al lado, es preciosa, pero muy lista, ya lo creo, muy, muy lista.
¿Supone eso un problema? y yo me fijo en que ha empezado a escucharme, de verdad, olvidándose de su maldito iPhone, cuando ha escuchado la palabra "preciosa" que, por cierto, no es una palabra que se haga honor a sí misma
por mi parte no hay problema, digo, que quede claro, aunque es verdad que yo prefiero que no sean tan listas...
Vaya sorpresa...
no, no, no es eso, o sea, no me gusta, en general, que la gente sea más lista que yo...
Ha, ha... se ríe el tipo, no puede decirse que hayas puesto el listón bajo...
¿Perdona...?
Eres extrañamente exigente
No lo soy, todo lo contrario, te estoy diciendo que no exijo que sean demasiado listas...
Si tiene que ser más estúpida que tú, las posibilidades se reducen a casi nadie
Oh, mierda...
-.-

No me gusta que cuando voy a contar una cosa, se metan listillos en medio a comentar la jugada, porque es bastante fácil dejarme en evidencia. Lo que quería contar es que la pastora del pueblo de al lado es endemoniadamente bonita, pero mucho más lista que yo. Parece la típica con un montón de carácter. Entiéndeme, no es que eso sea un problema, o sea, si es lista, mejor, ¿no? pero es que las listas me desprecian, a eso me refiero.
Entonces es un problema
Sí, vale, de acuerdo, pero no es en sí, que sean listas, sino lo que hacen al ser listas, la manera que tienen de reaccionar.
¿Cómo reaccionan, como si fueran listas?
Exacto
Y eso significa...
Toman sus propias decisiones, cuestionan las mías
Perdona, macho, pero no parece tan grave...
No te lo parecerá a ti, a mí me gusta que se ocupe de la casa, que obedezca, que gaste poco... 
¿Estás buscando esposa?
No, hombre, no seas cavernícola, sólo quiero una perra





 

domingo, septiembre 29, 2013

4 tapas; Granada, otra vez

Voy a Granada, de vez en cuando, porque me encanta esa ciudad, porque Susana, mi costilla, es como si fuera de allí y porque allí, ella, es todavía más bonita, más divertida y más adorable. Ir a Granada debe ser fantástico en cualquier caso, pero si vas con Susana... te mueres.

Susana te enseña la Alhambra como casi nadie puede enseñártela, y siempre dedicamos un día de los que vamos a Granada a ir allí, a oír las mismas historias, a ver los mismos rincones, a recorrer la mismas leyendas... y a vivirlas, cada vez de un modo distinto.

Otro placer granaíno-susanero es ir de tapas. No hay ciudad como Granada para tapear, para tomar unas cañas errantes, y acompañarlas de risas nómadas, historias andantes, sorpresas viajeras.

El jueves estuvimos allí otra vez, por la tarde-noche, sólo un ratito, y solo cuatro  cañas, todas en la calle Alhamar, pero yo lo pasé de fábula.
Empezamos en La Blanca Paloma, que para mí, que disto muchísimo de ser un experto, es el gran clásico granaíno del tapeo tradicional. Sus berenjenas, siempre acompañando la primera caña, son un primor. Así es como se fríe, amiguito, parecen decirte cuando te dejan ese sencillísimo plato blanco, casi curtre, semivulgar, pero con esas gloriosas berenjenas fritas sin más: hay que probarlas. 4,00€

Luego, caminando calle abajo, entramos enla sorpresa de la noche, Belle Epoque. El sitio parecía -y lo era- un poco demodé, con unas sillas y mesas que más que vintage, parecían del tipo "a ver si aguantamos un par de años más con las mesas". Como íbamos de terracitas, estábamos ahí fuera y no ayudó nada el hecho de que una de las farolas de la calle empezó a fallar. Pero cuando trajeron la tapa: caray, había que callarse. Unas tostas de bacon y huevo de codorniz, con mayonesa y una guarnición de ensalada de pasta. Apoteósica, de verdad, a pesar del aspecto decadente y pasado de fecha del local. 4,20€

Luego caminamos hacia El Timón, tapas marineras, como su propio nombre indica. El Timón es de nueva apertura (al menos del último año, o así) y está al lado, al ladito, pero pegando, a La Blanca Paloma, y fuimos a Belle Epoque sólo porque nos daba corte levantarnos de una terraza y sentarnos en la de al lado.
Eso nos permitió gozar de la tapa de la noche, y de vuelta, ya sin síndrome de traición a La Blanca PAloma, nos sentamos en El Timón y pedimos el correspondiente par de cañas (miento, yo ya me pasé a la clara de limón) y esperamos sentaditos a la tapa.
Esta resultó ser una ración de chirlas a la marinera que estaban correctas... dentro del festival de alucine que es ir de cañas en Granada: en Madrid, sin despeinarse, te clavan cuatro o cinco euros por una tapa así. Bien, pero no extraordinario. 4,00€


Cogimos ya la vuelta a casa, sin intención de parar más, pero una mesa libre en la siempre poblada terraza del Made in Italy nos hizo replantearnos la cosa de ensobrarnos inmediatamente y decidimos darle otra oportunidad a la noche para sorprendernos. Caña y clara de limón, hagustélfavor, y nos trajeron, para mojar, dos soberbias rosquillas de jamón serrano, el de la tierra, acompañadas de una ración de patatas fritas caseras dos salsas (mayonesa, ketchup) que estaban para chuparse los dedos (gordas, crujientes, sabrosas), cosa que hicimos sin demasiada ceremonia. El pan de la rosquillas, del tipo mollete, estaba, además ligeramente pasado por la plancha lo que daba al bocatilla una textura fabulosa: crujiente, calentita por fuera, y extraordinariamente suave y melosa la miga. Un bocado de dioses. 4,00€, también.

domingo, septiembre 15, 2013

Más de lo estrictamente necesario

Levanté la vista un poco escamado por lo raro de la cadencia de los pasitos que entraban en la tienda. El hombre, inofensivo como un teletubi, se acercaba hacia mí con sus piernezucas arqueadas, avanzando -poco- con sus pasitos laterales, con unos andares estilísticamente más cercanos a Don Pimpón que a John Wayne
Huele un poco mal, pero nada del otro jueves. Me pregunta por el baño (",el reservao"), le doy la llave y me dice, como tranquilizándome (quizá ha detectado una mueca en mi cara al olerle):
- Sólo voy a hacer lo menúo...
Tampoco es para tanto...

En fin, gracias... ¿Realmente este hombre piensa que a mí me interesa si va a hacer aguas menores o, por el contrario, todo un poder?
No me interesaba. Lo aclaro por si algún amable lector sintiera, en algúnmomento, la tentación de darme este tipo de detalles. Ahórrenselos. No me interesan.
Yo sigo a mis cosas (pan, ordenar la tienda, cobrar a los -pocos- clientes que un domingo por la tarde vienen a repostar) y me olvido del hombre de piernas arqueadas y personalidad locuaz por un momento, hasta que el sonido de la cisterna descargándose me lo trae de nuevo al pensamiento. Sólo entonces reparo en que, aparte de lo inoportuno, lo de "hacer lo menudo" tiene su gracia.
Casi he perdonado a Don Pimpón el Menudo cuando entra balanceándose y sonriente por la puerta, con la llave en la mano y, después de felicitarme por lo limpios que están los baños, me suelta:
- ...tanto que se me ha movido el estómago, oiga... pero muy a gusto... si es que estando limpio, uno se alivia a gusto, ¿verdá...?

viernes, julio 19, 2013

Persiguiendo una canción (30 años detrás, nada menos)

Ponte en situación.
Tengo unos 15 años, estoy en mi habitación, sentado, medio tirado, quizá, en el sofá que, por las noches, es mi cama. Es por la mañana, así que es fin de semana, aunque no descarto que sea época de vacaciones.

Entonces el programa que yo escuchaba era "Ciclos" de Vicente Cagiao, en Popular FM, y El Búho, en Radio Juventud, con Paco Pérez Bryan; recuerdo escuchar en esa época a Carlos Tena y el Mariscal Romero, Juan de Pablos y algún bicho raro más.

Es por la mañana y estoy escuchando la radio, en un radiocasette con una cinta preparada porque el programa está poniendo música que te cagas de buena.

El locutor, a mí me parece que era Paco Pérez Bryan, pero no estoy seguro, dice: ahora Los Rolling Stones cantando una de los Beatles, y suena la horrenda versión Stoniana de I wanna be your man.
Luego dice, ahora, Los Beatles cantando una de los Beatles, y pincha And your bird can sing.
Y ahora, los Beatles, pero con máquina y pincha esta canción:



Vale

No es la mejor canción del mundo, pero se me quedó grabado ese estribillo en el cerebelo hasta hace un par de meses, sin saber el título de la canción, ni quién la cantaba ni nada. Buscaba la letra en google, pero claro, buscaba la letra que yo recordaba 30 años después: You better alone, I'm gonna marry you someday, en lugar de You better get on home... Es decir get alone (en mi cabeza, "quédate soltera"), en lugar del título, Get on home ("quédate en casa"). 

Hace un par de meses, me aventuré a escribir cachitos de letra que no eran del estribillo, que ya no sabía si los recordaba o si me había inventado al correr de los años, para encajarlos en la melodía que no era capaz de olvidar: en mi cabeza, la canción empezaba "Wish I have an airplane, swinging in an airport free" (ojalá tuviera un avión, bailoteando en un aeropuerto gratis), en lugar de "Wish I was an apple, swingin' in an apple tree" (ojalá fuera una manzana, balanceándome en un manzano) que tiene más sentido, claro. También recordaba "You know i love your hungry, and love your sweet feet too" (sabes que me encanta tu ¿apetito? -verte hambrienta- y me encantan tus dulces piececitos, también) en lugar de "You know I love you honey, and Love your kisses, too" (sabes que te quiero, cariño, y adoro tus besos también). Pero en la página 4 o 5 de la búsqueda vi el nombre de Steve Miller Band relacionado con las frases que habia escrito y supe que la había encontrado.

Mi hermano Jesús tenía un par de discos de SMB y a mí me encantaba ese rollo vocal tan americana y esas guitarras reverberadas y claras y en seguida supe que "mi canción fantasma" era de Steve Miller. 30 años cantándola, preguntando por ella en un montón de foros de expertitos y gurús del rock and roll, en programas de radio y TV.... sin saber ni su título, habiéndola oído una vez en Radio Juventud.


Y al fin era mía. El mismo día que a encontré, la grabé. Estaba esperando a grabarla un poco mejor, sin tantos fallos y desafines, pero supongo que me gusta pensar que mi versión es esta. Y punto.



jueves, julio 11, 2013

Vendrás.

Vendrás, sé que vendrás.
Y entonces ya podremos poner el contador a cero y ver de hasta dónde  somos capaces de llegar aun con el viento en contra.

Durante años te he rondado, persiguiéndote en vano, tratando de seducirte sabiendo de antemano que era un fútil intento.
Planeaba mis acechos meticulosamente pero siempre me desengañabas nada más verte, y entonces lo fiaba todo a la despedida: cuando cansada de mis merodeos, harta de mi acoso, te dejabas acariciar levemente, un torpe toqueteo rápido, como sabiendo que no podría ir a más. Serena y tranquila, porque no iría a más.

De eso he vivido.
De eso y de esperar la lluvia.

Y últimamente, que estás más lejos, que a veces pareces alejarte cada día, que me he quedado sin referencias... parece que al final, vendrás. :)

Ha sido una época difícil. Son estos unos años oscuros, duros, crueles. Pienso que hay una buena razón para que al fin, vengas: es difícil que las cosas nos vayan peor. Puede ser, pero es más fácil que si vienes, salgamos juntos de esto. Te necesito aquí, a mi lado, no te imaginas cuánto, y confío en poder ser útil para ti.

Vendrás, tranquilidad. Al fin vendrás.

Seremos normales. Y nos lo habremos ganado.


martes, julio 09, 2013

No me acordaba de que España estaba a la cabeza en el ranking de países solidarios

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(ayer, cuando surgió todo el movidón del incendio, estaba terminando este post. Pero se fue la luz, internet y no pude subirlo, así que voilà)
Esta mañana, he cogido el ciclomotor que me arregló MA, el batería de thePerros, para ir al pueblo a comprar un par de cosas (pan, tomates, armas de fuego, etc) y he notado que tenía algo raro en la dirección, al tomar curvas a derechas, pero como soy gilipollas (y además tengo el coche en el taller, porque la semana pasada atropellé a un jabatito y adiós a los bajos del coche), un gilipollas osado, además, me he ido al pueblo a comprar 3 tonterías con la motito y la mochila, mis gafitas de sol y mi cuerpo serrano, o más bien boloñés, porque, admitámoslo, mi tronco se parece más a una mortadela gigante que a la noble pata del gorrino.
Al ir, he notado que, en efecto, algo andaba mal, así que me he limitado a tener cuidadito en las curvas a derechas y las rotondas y todo ha ido bien. En el viaje de vuelta, al notar los mismos síntomas, he actuado igual, precaución en curvas, pero al entrar en la urbanización, llegando a la avenida que baja hasta mi casa, he tirado de la maneta del freno, la moto se ha descontrolado y me he pegado una linda galleta.
Me he quedado unos segundos en el suelo, evaluando los daños en mí mismo y rápidamente he visto que no había gran cosa. Ha pasado un coche oscuro. 
Luego, pensando en que yo no tenía nada grave, aparte de una bonita colección de raspones, heridas y magulladuras en brazo, pierna y derechos, he mirado a la moto, a unos dos metros de donde estaba yo tirado y allí andaba, enterita, en apariencia. Ha pasado un coche grande, clarito.
He pensado que, gordo como estoy, estaría componiendo una imagen grotesca, con posibilidades de que algún gracioso lo grabase y se convirtiera en un YouTubazo, así que me he levantado, penosamente,, porque aunque iba despacito, me he dado una buena leche y 100 kilos (más, en realidad) a 40 por hora estrellándose contra el suelo es un buen golpe. Mientras me levantaba, penosamente, insisto, ha pasado un Focus blanco, me ha esquivado sin problemas, o sea, que en ningún momento, creo yo, ha intentado atropellarme ni nada. 
Mientras iba hacia la moto y la levantaba, han pasado otros dos coches, oscuros, uno de ellos rojo oscuro, o algo así. Tampoco me han puesto en peligro, la gente es muy considerada con los accidentados, y han pasado de largo dejando, al menos un metro entre ellos y yo.
He llevado la moto a la acera y he estado unos tres minutos intentando ponerla en marcha. Me ha costado por dos razones: la primera, porque la pierna con la que doy a la palanca de arranque estaba toda magullada y dolorida y mis patadas de arranque eran bastante nenaza; la segunda, que la llave de contacto estaba en posición "Off", y eso, al parecer es decisivo en estos asuntos.
Bueno, no me ha pasado nada. Sólo heridas y ahora, bueno, me duele todo el lado derecho por el golpetazo. Pero nada. 
El caso es que, mierda, mientras estaba ahí tirado en el suelo, han pasado 5 coches, cinco, y ninguno se ha parado a preguntar si necesitaba ayuda. No me hubiera venido del todo mal, por ejemplo, para decirme "eh, tú, atontao, que para arrancar hay que tener el contacto en On"..
En los telediarios y los programas de radio les encanta decir lo "solidarios" que somos los españoles pero siempre es en juergas televisadas. A nadie le importa que su vecino se muera: ahora, si va la tele, entonces eran sus mejores amigos.
Puede que sea culpa mía, yo qué sé. Pero han pasado 5 coches, 5, mientras estaba tirado. Y todo lo bueno que se me ocurre decir es que no han intentado rematarme.
País...